Oda al buen verbo

Sin animo de perder la bonhomía ni depauperar a mis amigos y conocidos, mucho menos a mis apreciados lectores, quiero escribir porque siento que lo mío es escribir, y voy a acariciar un tema delicado, o, quizás sin importancia, tal vez algo que ha pasado inadvertido ante nuestros ojos, la ignominia de no percatarse de las palabras que pertenecen a una lengua propia, o, abstenerse de hacerlo, una realidad que allana el camino para este intento de poesía, porque la poesía no es solo rima, la poesía es, también, describir una realidad lúgubre cual si fuera una ambrosía. Así es como nace esta oda, una oda al buen verbo.

Si decides proferir una lengua debes procurar hacerlo lo mejor posible, y, si es tu idioma natal mucho más. Llevas tantos años departiendo frases que es imposible que no conozcas a fondo las palabras de tu propio idioma. Allende los estudios y preparación académica, que, dicho sea de paso, lo único que hacen es convencer a un ente de que es mas inteligente, y, no en todos lo casos se cumple dicha convicción. 

Por otro lado, muchos harán conjeturas respecto de que usar un léxico rico en palabras puede hermosear una conversación, y, sí que lo hace, sin embargo, lo cierto es que, lamentablemente, también lograrás que el interlocutor no se ciña a nada de lo que digas, o, en el mejor de los casos, comprenda poco en la interlocución.

Si nuestro idioma castellano atesora palabras tan bonitas, la pregunta es: ¿por qué en cierto momento dejamos de disponer de ellas?

El tiempo que envejece a las cosas y a las personas, que endurece el pan y oxida los fierros, que sabe que ante él nada es inmarcesible, ese amigo, aunque a veces, enemigo inexorable llamado tiempo, también hace mella en el idioma que, aunque va cambiando es, sin embargo, sempiterno.

La juventud lee menos, habla menos, simplifica todo y no se complica.

Cavilando en la cuestión concluyo que, personalmente sí, yo sí disfruto de las conversaciones ricas en palabras de poco uso; usar estas palabras en una plática es como utilizar una vajilla nueva, aquella que guardas para momentos especiales, es como sacar esa vajilla en una velada única, una tertulia peculiar, deliciosa e inolvidable ante un hermoso atardecer sentados en un jardín lleno de venustas flores.

Espero que, al igual que yo, te hayas regocijado al leer esta oda al buen verbo. No la he escrito con ánimo beligerante, sino, con un profundo amor al idioma castellano; me encantaría que al leerla, sus palabras se conviertan en un sonido melifluo en tu cabeza y en un carruaje que te lleve a un viaje relajante y placentero.

Quizás me tilden de nefelibata, pero, seguiré creyendo en que algún día el mundo será mejor y todos hablaremos un lenguaje rico sin vulgaridades ni palabras soeces.

Mientras eso ocurre seguiré escribiendo y tratando de aportar a la buena lectura.

Nos leeremos pronto

Raul.

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